Pastoral Vocacional

Testimonios

La vocación es una historia de amor

“Como un niño en los brazos de su Madre, así estas tú en mis manos”. Salmo 130

Estoy totalmente segura que todo lo que he vivido ha sido una preparación tierna de Dios para que algún día voluntariamente, pueda decir como María: “Sí, aquí estoy para hacer tu voluntad”

Nací el 19 de febrero de 1991 en una familia católica comprometida; de condición económica humilde, pero con un gran calor humano y gran confianza en la divina providencia, esta es una característica de toda familia pobre cuya riqueza más grande está en el Reino de los Cielos.

Pese a ello, nunca me faltó nada; soy la quinta de seis hermanos y nuestros padres siempre se esforzaron por darnos lo mejor. Mis estudios secundarios los realicé en I.E “Las Capullanas”, dirigido por las Hermanas Dominicas de la Inmaculada Concepción, al que yo considero el mejor colegio de mujeres de Sullana.

Dios iba creciendo conmigo, como en la pequeña y humilde casita de Nazaret. Mi inquietud vocacional se inició a corta edad, sin darme cuenta si quiera. Desde pequeña admiraba mucho la vida de Santa Rosa de Lima, me llamaba mucho la atención su entrega, su amor a Dios y a los más necesitados. Junto a su imagen, en la Iglesia Matriz de Sullana, mi oración era pequeña pero muy significativa, y sin entender la transcendencia de mis palabras yo le decía: “Santa Rosita, algún día quiero ser como tú”. Quien diría que años más tarde Dios tomaría en cuenta esta tierna oración.

A los once años, estando en la preparación de mi Primera Comunión, sentí intensamente la presencia de Dios en mi vida a través de mi ángel de la guarda a quien dulcemente llamaba “CAMIL”. En mi interior, el me ayudaba a discernir lo que Dios quería: obedecer a mis padres, querer a mis hermanos, hacer mis tareas, siempre me sentí querida, acompañada y amada por Dios. Él me fue enseñando lo que era obedecer por amor a Jesús.

Dios iba encendiendo en mí un fuego que nunca dejaría de arder. Poco a poco fue creciendo intensamente la necesidad de obedecer y nunca negarme a cualquier pedido que Dios me encomendara, pues yo pensaba: “¿Cómo decirle que no a aquel que me ama tanto y me ha dado la vida?” “¿Cómo negarme a ayudarle y ser su instrumento si eso me va a llevar a ganar el cielo y también para otros jóvenes?” Es así que fui deseando la misión de ayudar a que más almas encuentren la salvación en Cristo Jesús.

La decisión no fue nada fácil; yo había cambiado y todos lo notaban: no estudia como antes, no sonreía como antes, me acompañaban largas hora de llanto y oración. Tenía miedo de equivocarme. Solo contemplaba una imagen del Sagrado Corazón de Jesús que mi madre había colocado en la puerta del cuarto y en mis manos una pequeña estampilla en donde se encontraba la siguiente oración:

“El que invoque el nombre del Señor se salvará.
Pero ¿Cómo invocarán al Señor sin haber creído antes en Él?
¿Cómo creerán en Él si antes no han oído hablar de Él?
¿Cómo oirán si no hay quien les predique?...
Qué lindo es el caminar de los que traen buenas noticias.” (Rom.10, 13-15)

Al final de tres meses no resistí; “El Señor me sedujo y me deje seducir.”

Mi respuesta aunque temerosa, fue de un SÍ radical. Ahora no importaba dejar la costosa academia en la que había pedido ser matriculada para estudiar medicina, no importaban los comentarios de las tías que decían: “Se va la doctora... ¿y ahora qué va estudiar? ¡Educación!”, no importaba el comentario desconfiado de mi hermana: “Que no se vaya mami, va a salir, perderá el tiempo y no va hacer nada en la vida, no importaba ver la preocupación y tristeza de mi padres por mi incierto porvenir... ¡No!

Lo único que importaba era Jesús y lo que iba colocando Él en mi corazón. ¡ME ENAMORÉ! Sí, ME ENAMORÉ!, como se enamora una joven a mi edad; y le respondí a Él como respondería cualquier chica a la propuesta del novio: Me voy lejos ¿Vienes conmigo? -Sí, voy contigo, a donde quiera que Tú vayas; donde quieras que viva, viviré.

Cuando todos aceptaron mi decisión todo cambio, me sentí la mujer más feliz del mundo, para cuando esto sucedió yo tenía diecisiete años.

Yo soñaba, antes de entra en el convento, que estaba delante de mucha gente y hablaba de Jesús; me veía abrazando y aconsejando a alguien que lloraba y pedía consuelo; me imaginaba caminando de prisa por un largo sendero, un poco cansada, pero contenta. Quien diría que diez años después, mi sueño se haría realidad. Soy muy afortunada. Me considero una de las pocas personas que ha vivido poco, pero ha alcanzado mucho. Es lo mejor que Dios me puede regalar.

Cuando estoy delante de mis estudiantes hablando de Jesús, me viene un suspiro al corazón y me digo: ¡Sí, esto es lo que quise, lo que quiero y lo que siempre querré!

Hna. María Jerusalén del Sagrado Corazón